Self Portrait at New Year’s Eve, Malibu California, 2006 © Nan Goldin
Self Portrait at New Year’s Eve, Malibu California, 2006 © Nan Goldin
13.07.2026

Nan Goldin y la necesidad de dar testimonio El Ciervo

“Esta pieza, actualmente en proceso de elaboración, constituye la huella de lo que me obsesiona desde hace casi tres años: la necesidad de dar testimonio”

Leo esto en la hoja de sala, antes de entrar en la exposición retrospectiva dedicada a Nan Goldin (Washington DC, 1953), This Will Not End Well, que puede visitarse en el Grand Palais de Paris y que anteriormente se había podido ver en el Moderna Museet de Estocolmo, el Stedelijk Museum en Amsterdam, la Neue Nationalgalerie de Berlín y el Pirelli Hangar Bicocca en Milán. Esta serie de itinerancias han mostrado, desde 2022, el trabajo de esta figura imprescindible de la fotografía y cultura contemporáneas en forma de vídeos y proyecciones de diapositivas o, como lo describe la propia artista, “películas hechas de imágenes fijas”.

Me paré en esa frase, que describía una instalación que se plantea como una forma de vivir de forma colectiva aquello de lo que hemos sido testigos de forma individual como es la retransmisión del genocidio en Gaza por parte del gobierno de Israel a través de las pantallas. Las imágenes, durísimas –haciendo cola para entrar en una de las cinco salas de proyección de la exposición escuché decir a una persona que no aguantó más de un minuto viéndolas–, fueron filmadas por personas cercanas a la fotógrafa que viajaron a Palestina y por las propias personas que vivían esa realidad. No es un gesto que esté en absoluto alejado de las fotografías que tomaba Nan Goldin en la década de los ochenta cuando fotografiaba a su círculo de amistades y amantes en clubes, salas de fiesta, cines, en encuentros de la escena underground o en su piso en el barrio de Bowery. Para nada trata Nan Goldin en todas estas situaciones de tomar una posición de observadora neutral, ajena a la realidad que tiene delante de ella, sino de retratar a través de las imágenes esa realidad como es vivida por ella misma y por las personas que participan en todas esas situaciones.

Si hablamos más específicamente de la exposición, quizá no es lo que me esperaba en un primer momento – lo cierto es que no había leído antes de ir a ver la exposición todo esta planteamiento de la Nan Goldin cineasta o la dimensión audiovisual de la exposición y me imaginaba una exposición de fotografía con sus series y sus piezas enmarcadas. La escenografía, a cargo de Hala Wardé, respondía a este recogimiento al que invitan las piezas de video y pases de diapositivas y hasta llegaba a conseguir ese efecto entre la intimidad y el estar esperando a entrar a un club una noche de sábado, pero la cantidad de personas que había en la exposición generaba colas que hasta podían superar el tiempo de la propia pieza que se proyectaba. Sin embargo, dentro, con las fotografías, muchas de las cuales ya son auténticos iconos de la cultura visual contemporánea, retratando violencias contra las mujeres y personas trans, drogodependencias, agresiones y autoagresiones, la muerte de amistades por la epidemia del sida, pero también formas nada superficiales de superar todas estas experiencias desde la amistad y la ternura, se hacía evidente que para Goldin fotografiar nunca ha consistido en registrar el mundo, sino en habitarlo junto a los demás y dejar constancia de esa experiencia compartida antes de que desaparezca. Más allá de las imágenes, aprecié muchísimo el repertorio de temas musicales que acompañaban las series, como I’ll Be Your Mirror de Nico y The Velvet Underground, Guilty de Randy Newman o Crazy Love de Marianne Faithfull, que hacían mucho más emocionante el visionado.

De su experiencia y cercanía con las personas que sufrieron las consecuencias de la crisis del sida, Nan Goldin fundó en 2017 un grupo de acción directa que denuncia desde entonces la crisis de los opioides y la responsabilidad de los grandes laboratorios farmacéuticos en ella. Del mismo modo, durante la inauguración de la exposición en Berlín habló abiertamente de lo que sentía al presenciar el genocidio en Gaza y los ataques sobre Líbano, relacionándolo con la historia de sus propios abuelos, que habían escapado de los pogromos en Rusia. Leyendo aquellas frases de la hoja de sala pensé que ahí es donde reside probablemente la coherencia más profunda de toda su trayectoria: esa necesidad de dar testimonio, no solo desde hace tres años sino desde hace cincuenta. No se trata únicamente de fotografiar a las personas que ama, ni de documentar una época o una comunidad, sino de negarse a ocupar una posición de distancia frente al sufrimiento. La obra de Goldin insiste en que mirar también implica tomar partido y que las imágenes pueden ser una forma de acompañar, recordar y dejar constancia de aquello que otros preferirían que desapareciera sin dejar rastro.

Artículo publicado en el número 818 de la revista El Ciervo.

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