“Toda la belleza del mundo cabe dentro del ojo”. Esta frase, así descontextualizada, podría decirse que ha sido extraída de esa retahíla preciosa de “Yugular”, uno de los temas que forman parte del último álbum de Rosalía, LUX, cuando dice aquello de que “un país cabe en una astilla / una astilla ocupa la galaxia entera / la galaxia entera cabe en una gota de saliva / una gota de saliva ocupa la 5a avenida”. Sin embargo, la frase en cuestión se le atribuye a Federico García Lorca para describir la obra de una artista singularísima y que uno de sus colegas, Salvador Dalí, describiera como “mitad ángel, mitad marisco”. Esta artista es Maruja Mallo, a la que el Museo Reina Sofía dedica actualmente la retrospectiva que podrá verse hasta el 16 de mayo de 2026.
La exposición presenta cronológicamente la trayectoria de esta artista a través de obras y material de archivo, desde las verbenas de finales de los años veinte, escenas populares y festivas, hasta sus trabajos finales de los años ochenta. Tras un breve giro hacia una imaginería más oscura en Cloacas y campanarios, se presentan sus obras de los años treinta, marcadas por el constructivismo y la escenografía, y culminadas en el exilio con La religión del trabajo. El recorrido continúa con bodegones y figuras más académicas de los años cuarenta y concluye con obras tardías de carácter abstracto y visionario, que cierran el proyecto estético de la artista.
Según el director del Museo Reina Sofía, Manuel Segade, “Maruja Mallo tendría un lugar garantizado en la historia por ser la artista capaz de dotar de imaginario visual a la Generación del 27, pero además ha sido una personalidad muy avanzada a su tiempo, por su preocupación por la dignidad del trabajo de la mujer, por sus teorías sobre la importancia de la creación popular”. Está claro que Maruja Mallo, como revela su anécdota con Margarita Manso al quitarse el sombrero en la Puerta del Sol en Madrid en plena dictadura de Primo de Rivera, siendo apedreadas e insultadas, pero también colocando a las mujeres en un lugar central en la representación visual de esa época, además de desafiar convenciones sociales de su tiempo, convirtió esa rebeldía en un programa artístico y situó a las mujeres como sujetos activos, capaces de encarnar una nueva visión del mundo y de la cultura. Maruja Mallo fue una figura fundamental durante la Segunda República al unir vanguardia artística y compromiso político mediante una relectura emancipadora de lo popular como espacio democrático y crítico. En la exposición pueden trazarse algunas de las amistades y vínculos que estableció con artistas e intelectuales como Salvador Dalí, Luis Buñuel, Federico García Lorca, Alberto Sánchez, Benjamín Palencia, Miguel Hernández, Pablo Neruda, María Zambrano o Gabriela Mistral, entre muchos otros. Su obra y su actitud vital desafiaron las normas estéticas y de género de esa época, lo que la convirtió en una figura única cuya trayectoria quedó marcada por la Guerra Civil y el exilio.
No querría dejar pasar una lectura muy pertinente que llevó a cabo el escritor y crítico de arte Joaquín Jesús Sánchez a propósito de esta exposición, que si bien acierta al mostrar la riqueza y complejidad del universo de Maruja Mallo, fallaría al eludir una lectura crítica de los marcos ideológicos desde los que esa modernidad se construye, principalmente por la ausencia problemática de la mirada burguesa y eurocéntrica de la artista. Quizá por todo esto la definición de “mitad ángel, mitad marisco” sigue siendo tan precisa: Maruja Mallo encarna una modernidad visionaria y contradictoria, capaz de abrir nuevos imaginarios y, al mismo tiempo, atravesada por los límites culturales de su época. Mirarla hoy exige asumir esa doble condición sin idealización, entendiendo su obra como un espacio donde conviven impulso emancipador y sombras históricas.
Artículo publicado en el número 815 de la revista El Ciervo.