El otoño trae la cuenta atrás para una de las citas artísticas más comentadas del año como es la Bienal de Venecia. Algunas exposiciones que tienen lugar en la ciudad simultáneamente irán cerrando en las próximas semanas, mientras que la propia Bienal de Arte –su 61ª edición, titulada In Minor Keys, concebida originalmente por la curadora Koyo Kouoh, fallecida en 2025– seguirá algo más, hasta el 22 de noviembre.
Entre las exposiciones paralelas que conviene no dejar pasar está The Only True Protest Is Beauty, en la relativamente recién nacida Fondazione Dries Van Noten. El diseñador de Amberes inaugura su fundación en el Palazzo Pisani Moretta, a orillas del Gran Canal, con una exposición impresionante que reúne más de doscientas obras repartidas en veinte salas del edificio, destacando la dimensión artesanal de la práctica artística. En la Peggy Guggenheim Collection, Peggy Guggenheim in London: The Making of a Collector repasa los años formativos de la coleccionista en la capital inglesa, con cierre previsto el 19 de octubre. La Colección Pinault, con sedes en Palazzo Grassi y Punta della Dogana, mantiene abiertas sus cuatro exposiciones del año: Michael Armitage y Lorna Simpson, Amar Kanwar y Paulo Nazareth, cuatro propuestas que les acerca el hecho de volver sobre la memoria personal y colectiva como forma de leer el presente.
En cuanto a los pabellones nacionales, hay algunos que me llamaron especialmente la atención y que recomendaría no perderse. Dinamarca, con Maja Malou Lyse; Letonia, con Untamed Assembly: Backstage of Utopia, un diálogo entre el dúo artístico MAREUNROL’S y el diseñador de moda Bruno Birmanis que recupera el legado de las Untamed Fashion Assemblies celebradas en Riga en los noventa; Francia, con Yto Barrada; el Pabellón Nórdico, con Klara Kristalova, Benjamin Orlow y Tori Wränes; y Suiza, con la propuesta colectiva The Unfinished Business of Living Together, un proyecto que parte de un polémico programa de la televisión suiza de 1978 sobre orientación sexual para reflexionar sobre la convivencia como promesa social siempre inacabada. España, con Los restos de Oriol Vilanova, una instalación construida a partir de postales recopiladas durante más de dos décadas en mercadillos y tiendas de segunda mano, y la propuesta de Claudia Pagès Rabal para el pabellón de Cataluña, merecen desde luego una mención especial en esta selección necesariamente parcial entre la abrumadora cantidad de propuestas.
Pero si tuviera que destacar una propuesta –o al menos desarrollar un poco la que más me sorprendió y emocionó– sería la de la Santa Sede. El pabellón, comisariado por Hans Ulrich Obrist y Ben Vickers junto a Soundwalk Collective, se despliega entre el Jardín Místico de las Carmelitas Descalzas, en Cannaregio, y el Complejo de Santa María Auxiliadora, en Castello, y se centra en el concepto de la escucha, inspirándose en Santa Hildegarda de Bingen, la abadesa, mística, compositora y Doctora de la Iglesia del siglo XII. Bajo el título El oído es el ojo del alma, participan artistas como Patti Smith, Brian Eno, FKA Twigs, Jim Jarmusch, Meredith Monk, Kali Malone, Carminho, Caterina Barbieri o las monjas benedictinas de la Abadía de Santa Hildegarda de Eibingen, en una experiencia sonora pensada para recorrerse con auriculares entre el silencio del jardín, en lo que sus comisarios describen como una oración sonora. El mero hecho de encontrar un momento de descanso de este tipo en medio de todo el bullicio y exceso de la ciudad es algo que termina dando sentido a esta propuesta que entiende la escucha como una forma de atención y de suspensión.
Artículo publicado en el número 819 de la revista El Ciervo.