Fotografía de Aleix Plademunt
Fotografía de Aleix Plademunt
01.06.2026

Te vi a ti que eras yo Dilalica

Exposición de Aleix Plademunt y Lucía Bayón en Dilalica. Comisariado de Sergi Álvarez Riosalido. Del 9 de abril al 22 de mayo de 2026.

“Te vi a ti que eras yo”

Así empieza el poema de Patti Smith, El Lovecraftiano, o el artesano del amor, que da también título a esta exposición. Antes de entrar en el universo del poema ya nos topamos con una duplicidad, la de un nombre (Love-crafter), un significante, que en sí mismo acoge dos significados. En primer lugar, la invocación de un autor que imaginó universos en los que lo desconocido, el horror y lo cósmico revelaban algo de la fragilidad humana. Lovecraft, creador de esa criatura antigua, Cthulhu, con tentáculos y alas y cuya presencia sería, según el autor, incomprensible para la mente humana. Por otro lado, el artesano del amor (literalmente “love crafter”), aquel alguien que anudaría un oficio manual y una forma de vínculo como es el amor que, precisamente, nos saca de nosotros mismos y nos expone a otros.

Tanto en las prácticas de Lucía Bayón (Madrid, 1994) como de Aleix Plademunt (Hostalric, 1980), desde lenguajes diferentes, como es la escultura e instalación la primera, y la fotografía e imagen el segundo, está presente una preocupación común por la materia y sus transformaciones, la superposición de tiempos y relatos. De ahí, que para esta exposición compartiéramos con Lucía y Aleix este texto de Patti Smith como punto de partida común, casi como estructura latente que atraviesa las obras sin imponerse, pero que al mismo tiempo genera una duplicidad, un doble giro, de la lectura del mismo texto, de las mismas palabras.

En el poema de Patti Smith, se produce un desdoblamiento entre experiencia y visión, el yo se multiplica y se relata desde un afuera, “a media tarde, cuando la noche se estira”. Es en ese resquicio de desdoblamiento y superposición es donde esta exposición acontece.

En las piezas de Lucía Bayón, este desdoblamiento se traslada al espacio expositivo como una operación material: aquello que a primera vista se presenta como estructura –madera, soporte, arquitectura– funciona también como paso hacia una imagen que no se ofrece de inmediato, que requiere un desplazamiento del cuerpo y de la mirada. Mediante la torsión de planos que devienen volumen, sus trabajos activan una lógica cercana a una topología nodal. Las piezas tensionan sus propios sistemas de articulación y sostén, apoyándose en elementos preexistentes como puertas o marcos que arrastran una vida anterior, reescrita aquí mediante capas de información superpuestas. La imposibilidad de una visión total obliga al espectador a replicar el gesto de la obra, a torsionar el espacio con su propio cuerpo para acceder a lo que permanece parcialmente oculto, desestabilizando así las coordenadas entre lo horizontal y lo vertical, entre superficie y profundidad, entre el ver y el ser visto.

En el caso de Aleix Plademunt, este desdoblamiento opera a través de un ciclo material y temporal que se repliega sobre sí mismo. A partir de un ciprés centenario muerto del cementerio de Anglès, talado y fragmentado, el artista recoge su madera para convertirla en soporte de las propias imágenes que documentan ese proceso. Tala, partición y representación quedan así inscritas en una misma cadena, donde la materia es objeto de registro y a la vez condición de posibilidad para presentar la imagen. Los marcos, construidos con la madera de ese ciprés, funcionan como un eco material de aquello que muestran, estableciendo una continuidad entre vida, transformación y mirada. Como en el gesto del poema de Patti Smith –ese yo que esparce semillas que darán lugar a nuevos árboles, cuya madera servirá para construir la mesa donde se escribirán esos versos—, el trabajo de Aleix propone una lógica circular donde cada imagen contiene su propio origen y su propia proyección, activando una temporalidad expandida en la que lo que fue y lo que es coexisten en un mismo plano. Aquí, la imagen, más allá de fijar un instante, sostiene un proceso.

Así, entre torsiones, repliegues y resonancias materiales, esta exposición se configura como un lugar en el que cada forma y cada imagen parecen convocar su propio doble, insistiendo en una lógica de retorno donde nada se da de una sola vez ni en un solo plano. “Te vi a ti que eras yo” deja entonces de ser un verso para convertirse en un gesto, en un hacer, el de ese artesano del amor que, como las propias obras, produce vínculos y ensamblajes en los que materia y mirada se anudan. En ese ejercicio, el amor aparece como praxis, como una forma de trabajar con lo otro, de sostener y sostenerse, de dejarse transformar por él.

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